Tempus Fugit, o “el tiempo se va”. El tiempo es algo que desde muy pequeño me ha desconcertado. Su aparente impermanencia es determinada a lo largo de la historia mediante profecías, o ciclos kármicos.

Mucho se ha dicho sobre el tiempo, existen muchas teorías, filósofos, astrofísicos, matemáticos… pero, ¿qué es? Es intangible, invisible, inodoro, incoloro,… y sin embargo, dicen que se puede medir y contar. ¿Son esa medición y contabilidad reales, exactas? Cuando ponemos un cronómetro en marcha, medimos el tiempo contando los segundos que transcurren desde un determinado instante hasta otro instante posterior… ¿pero qué contamos realmente? Segundos. ¿y qué es el segundo? Una unidad del tiempo, pero esto me lleva al punto inicial ¿qué es el tiempo? Esa medición que lleva a cabo un cronómetro mide o cuenta. ¿Pero qué medimos? El movimiento, lo que sucede en nuestro alrededor desde que lo ponemos en marcha hasta que lo paramos. La naturaleza y el mismo universo como extensión, es un sistema que está en continuo movimiento, eso es lo que se mide, los cambios que suceden entre dos instantes: La impermanencia.

“El tiempo es aquello que sucede mientras nos empeñamos en hacer nuestros planes.”

¿Qué cambios son esos? El conocimiento adquirido de forma impuesta desde nuestro nacimiento, a través de rutinas de aprendizaje hace que, nuestros instintos naturales más intrínsecos, aquellos que nos une a la naturaleza y al conocimiento primario, es decir, la percepción, se dispongan en un segundo o tercer plano. Depende de nosotros mismos que afloren o que continúen ahí.

La percepción es la capacidad de recibir estímulos externos, pero esos estímulos pueden tener diversas naturalezas. Nuestra conciencia sólo nos permite percibir aquello que es visible, tangible, audible, olfateable o saboreable, es decir, aquella información que nos viene por cualquier de nuestros cinco sentidos. Mientras, el inconsciente procesa todos los estímulos que se escapan de la percepción. ¿Por qué la ciencia niega aquellos sentidos que van más allá de lo mesurable? La percepción recopila estadios de energía del mundo que nos rodea: energía vital y que, como tal, no existe en seres inertes, así como también percibe los campos mórficos que sí existen en el reino mineral.

El reino animal y vegetal tiene sus propios estados de energía, quizás las plantas sean los seres que más sintonizan con esa energía que recogen del universo que les rodea. Los animales, seres que aún conservan su innato estado de conciencia, perciben el mundo natural a través de estos flujos energéticos, conocidos como instinto, que les hace conocer, por ejemplo, un estado de seguridad o incluso de peligro.

Esta energía de la que hablo está en continuo cambio y movimiento. Bajo esta afirmación, me atrevería a decir que el tiempo es simplemente la energía que nos impulsa en conjunto a la impermanencia para llegar a un estado de equilibrio con el universo. Si esto llegara a suceder, entrar en equilibrio absoluto, conseguiríamos actuar sobre él y modificarlo a nuestro antojo. Nos daríamos cuenta de que el tiempo es tan sólo la percepción que desde la tercera dimensión tenemos de la cuarta dimensión. Es un sencillo programa que nos impide repetir ciclos naturales y universales.

Entonces, ¿los días? ¿las semanas? ¿los meses? Sólo son formas de medir algo que se desconoce aprovechando el ciclo de la naturaleza: luz-oscuridad, día-noche, primavera-otoño, etc. Para los antiguos, simplemente representaba la vida durante el día y su reposo durante la noche. Se dieron cuenta que este ciclo se repetía en un ciclo aún más amplio: primavera-otoño; el inicio de la vida, cuando se realiza la siembra, y el ocaso, cuando se hace la recolección de los frutos. Dividieron estos ciclos en otros más pequeños, aprovechando las fases lunares, pudieron comprobar que cada 13 lunas llenas la naturaleza recobraba vida. Y entre cada luna llena, podían ver 28 estados lunares distintos. Y entre luna y luna, existía un ciclo en el que el sol iluminaba y daba vida a la naturaleza dormida por la oscuridad.


El Tiempo es un dogma. Es y existe porque conocemos su esencia a través del inconsciente colectivo. Todos lo hemos vivido, hemos compartido momentos, nos acordamos de él en muchos instantes de nuestra vida, esos instantes forman parte del tiempo; del tiempo que se nos ha otorgado para vivir. La vida de cada uno es personal, intrínseca, nos pertenece y nos referimos a ella como los cambios que nos suceden desde el instante en que somos engendrados hasta el instante en el que nuestra energía vital pierde su fuerza, su razón de existir. Si el tiempo fuera definible, encontraríamos la forma de modificarlo, pues la definición formaría parte de su propia naturaleza y, siendo así, controlaríamos nuestra vida y todo lo que nos rodea. ¿Y cuál es la naturaleza de semejante ente? Es bien sencillo, al menos para mí, aunque mi certeza no coincida con ninguno de los que me leen, no deja de ser mi verdad.

Pocas entidades existen sin definición posible. ¿Alguien podría definir qué es Dios? ¿Quién es? ¿Dónde está? Esta pregunta la derivamos a cualquier religión del planeta, todos creen que existe algo intangible, invisible, inodoro, inaudible e insípido… una Causa Primera. Entonces, ¿por qué no le llamamos Tiempo? En la mitología griega, Kronos era el líder y el más joven de la primera generación de Titanes, descendientes de Gea (Tierra) y Urano (Cielo), nacida la primera del Caos, quien de su propio ser, y “sin dulce unión de amor”, trajo a Urano y a Ponto, la infructuosa profundidad del mar. Como puede verse, ya en la antigua Grecia se habla del Tiempo como una entidad indispensable para desarrollar vida. El Tiempo, hijo de la Madre Tierra y el Cielo, el uno sin el otro no podrían haber existido. El Orden, un estado de equilibrio energético, tras el cual sobrevino el Caos, o el Orden aleatorio, impreciso, impredecible, anárquico, que para retornar al equilibrio creó a Gea. 


¿Es posible controlar el tiempo? Sinceramente, creo que sí, siempre y cuando éste se entienda como un fluido energético de naturaleza universal, y seamos capaces de canalizarla a nuestra voluntad.

Para poder percibirla de esta manera, debemos ser capaces de modificar nuestro centro energético, o punto de encaje, de forma que en vez de adquirir la forma de una bola atravesada por filamentos de energía del mundo consciente, conseguir proyectarla como una línea, capaz de ser atravesada por más filamentos, y hacernos capaz de percibir en mayor medida aquello que nos rodea. Un sueño, capaz de durar días, al despertarnos puede haber pasado sólo unos minutos. ¿Por qué? ¿Nuestra mente piensa más rápido de lo que normalmente vivimos? ¿o nuestro subconsciente es capaz de modificar nuestro punto de encaje para poder percibir sensaciones de otra realidad que, estando en este mismo mundo, no es perceptible por nuestra conciencia primaria?

Si el ser humano pudiera anular todos los prejuicios sobre el mundo perceptible y el mundo invisible, estaríamos en un estado de conciencia humana superior que, a día de hoy, a esta sociedad, le queda grande.

Como decía Agustín hace 1.500 años, filósofo y sabio obispo de Hipona que después se hizo Santo: “Si alguien me pregunta, sé lo que es, pero si tengo que explicarlo, no sé cómo hacerlo”. Y tampoco seré yo quien, después de miles de generaciones de pensadores, consiga llegar a una explicación racional de un ente suprarracional, intangible e ininteligible.


Escrito el 5 de Febrero de 2010 bajo el título Tempus Fugit. Reeditado el 07 de Junio de 2019 bajo el mismo título. 

 

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