Abandono creencias y límites y me adentro en el Salón de los Espejos. Espejos planos y curvos; opacos y translúcidos; cóncavos y convexos; pulidos y toscos; limpios y sin brillo; conservados y desgastados; antiguos y modernos; rotos y sanos; metálicos, de plástico y de cristal.

Cada cual, en su naturaleza, único. Y todos ellos reflejando una misma verdad. Una verdad basada en la realidad que yo mismo he creado: Yo. Difracciones, refracciones, distorsiones visuales que enturbian la paz de mis creencias. Disturbios que aplacan el enaltecimiento de mi realidad, mi Yo. Vestimentas de la luz que se inclinan ante las infinitas posibilidades que ofrece el Salón de los Espejos. 

Y siendo como son, distintas formas de mirar hacia una verdad, verdades que armonizan, verdades que concilian y verdades que horrorizan, ¿qué tanto de real es la imagen reflejada? Si tan perfecta es nuestra realidad, ¿por qué cada espejo es capaz de mostrarnos una verdad tan dispar a la de al lado? Si tan real somos, no existirían dudas sobre nuestra realidad. Pero los espejos ahí están, con nuestra imagen. Con su verdad. Cada cual perfecto en su naturaleza y, por tanto, cada cual nos muestra la perfección que reciben de nosotros. Nuestra verdad, y la verdad de los espejos.

¿Cuál de ellos es más real? ¿cómo discernir lo que nuestras creencias nos enseñan como verdad, de lo que nuestros sentidos nos enseñan como verdad?


El Salón de los Espejos - Xavi Madrid 2016

Espejos deformantes

Creemos en una realidad forjada en el reflejo de nuestros espejos. Prestamos nuestra atención a todas esas realidades. Entregamos nuestras emociones a entidades fuera de nosotros. Regalamos nuestra paz, nuestra atención, y nuestro amor a esos espejos que, sin embargo, a menudo nos regalan imágenes que no deseamos ver. Esas imágenes que no corresponden con el ideal que forjamos sobre nosotros mismos. 

Creemos en la felicidad cuando a nuestro lado hay quienes reciben la felicidad de nuestras manos. Y a pesar de ello enfermamos. Decimos estar enamorados cuando entregamos la emoción que conocemos como amor. Y a pesar de ello enfermamos. Decimos estar en plenitud, cuando tenemos necesidad de alguien ajeno a nosotros. Y a pesar de ello, enfermamos. 

Vivimos bajo la creencia de necesitar sacar las emociones fuera de nosotros, depositándolas en algún lugar donde dejan de pertenecernos, y recoger las emociones que otros sacan de sí, sin sentir la naturaleza misma de esas emociones. Si son nacidas desde el más puro amor, o desde el otro polo de su esencia. Vivimos en el error de creer que lo de fuera es nuestro, cuando ni siquiera nuestro cuerpo nos pertenece. Es tan sólo un préstamo de energía para poder vivir esta experiencia de vida. Nuestro cuerpo regresará a la Tierra donde pertenece el día que nos vayamos.

Vivimos creyendo en el albedrío cuando nuestra zona de confort la cerramos con espejos que desvían continuamente nuestra atención. Espejos que reflejan la luz a su imagen y semejanza. Reflejos que pueden cegarnos, iluminarnos o incluso apagarnos, pero siempre con una falsa luz, una Luz que no le pertenece, sino que toma prestada de la fuente.

Decimos ser seres sociables por necesidad de la condición humana. Pero la misma sociedad son esos espejos que nos recuerdan aquello que debemos atender en nuestro interior, tan necesario cuando perdemos el sentido de la percepción de la realidad. Cuando dejamos de sentir en favor de la mente.

¿Acaso un ser aislado, sin espejos en los que mirarse dejaría de evolucionar? Una persona sin ruidos ni distracciones, sin personas a su alrededor, sin otros espejos donde perderse en su imagen; una persona que sea capaz de sentir su cuerpo, sin el uso de la mente inferior, tiene todo lo necesario para su completa evolución. Para alcanzar la realidad del mundo del Pensamiento, en la Mente Superior.

Somos seres sociables por la distracción para no atender a nuestro interior. Nuestro verdadero YO. Donde reside esa chispa divina que nos hace lo que somos en realidad.

Esa única Verdad que un espejo jamás podrá reflejar, permaneciendo oculto en nuestro interior.

Hagamos que brille.

Xavi Madrid.

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