Una de las mayores paradojas sobre la que se sustenta nuestro plano material en el que se desarrolla nuestras experiencias actuales, es el tiempo. Tiempo y Karma son dos aspectos de una misma Deidad que, según la mitología, se representa por uno o varios Dioses. Pero, ¿qué es el MARMA?

Por ejemplo, en Grecia tenemos a Cronos, dios del tiempo y de la acción creadora (Karma);  Saturno en la Antigua Roma, y en Egipto, estos dos aspectos se representaban con los dos aspectos del mismo Dios: Toth, dios de la sabiduría, la escritura, la música, los conjuros, dominio de sueños, el tiempo, hechizos mágicos y símbolo de la Luna. Así, Anubis, uno de los aspectos de Toth, es quien recibe a los desencarnados y pone sobre la balanza de la eternidad los actos buenos y malos de cada ser en el tránsito al abandonar el cuerpo físico.

Saturno, el Señor del Karma

Saturno, el Señor del Karma – Xavier Madrid

Antes de adentrarnos en este tema, es conveniente definir qué es, o a qué conocemos como Karma. Karma es una palabra sánscrita que significa literalmente acción, pero que implica la totalidad de la acción, es decir, acción y reacción. De esta forma, conocemos como karma a toda acción compensatoria que rige el Universo sobre todas las cosas, nada ocurre por casualidad, más bien por causalidad. Todo está gobernado por leyes naturales, no sólo el mundo físico, sino también los campos psicodinámico y espiritual, la ética y la moral. Ninguna partícula puede activarse en una lugar del Universo  sin obtener un efecto correspondiente.

Es la Ley de evolución de nuestra alma. Por medio de Karma adquirimos la habilidad sobre la acción esencial para alcanzar nuestra meta.

Xavi Madrid

De esta manera, no sólo nuestros actos encontrarán respuesta firme con sus consecuencias, sino que también la energía impresa en pensamientos y deseos, por obra u omisión, tendrán resultados definidos tarde o temprano. Ningún ser humano puede escaparse a las consecuencias de sus actos. Algunas veces la causa puede traducirse en resultados inmediatos, en otros, podría necesitar un intervalo considerable. La muerte no soluciona ninguna deuda, como tampoco mudarse a otra ciudad cancela las deudas contraídas de la anterior.

Esta Ley de causa y efecto se llama Karma. Funciona en dondequiera que haya vida y relación, y es de especial importancia para el hombre, quien, como tal, es moralmente responsable por las causas que pone en juego. No podemos actuar sin afectar en las relaciones con nuestra familia, amistades, compañeros de trabajo, o los desconocidos con los que interactuamos día a día, en el mismo momento en que ellos entren dentro del alcance de nuestros actos, de forma directa o indirecta.

Este concepto se usa no sólo refiriéndose a la Ley misma, sino con connotaciones ligeramente distintas. Por ejemplo, cuando, refiriéndonos a algo que nos ha sucedido, decimos “es mi karma”, o cuando la acumulación de causas traídas de una encarnación anterior la designa como “el karma con el que nací”. En estos casos sería más correcto hablar de “causas y efectos kármicos”, pero convencionalmente se usa la palabra “karma” para significar no sólo la causa, sino la acción, el efecto de la acción, así como la totalidad de este proceso. Desde un punto de vista personal y objetivo, no es más que tratar de justificar ciertos actos y/o causas, haciendo como único responsable a la ignorancia de un pasado desconocido, sin tomar las riendas de nuestro propio destino para tomar consciencia sobre el origen de estos sucesos. Si bien no es posible modificar el pasado, sí es posible compensar el presente con la toma de consciencia de nuestros actos y sus causas, viviendo el duelo si es necesario, pero ante todo, perdonarnos por todos aquellos actos que ejecutamos bajo la ignorancia. De esta forma, captar de alguna forma la índole del Karma hace más tangible la vida y proporciona cierta perspicacia para cooperar con la ley, y acelerar así el proceso evolutivo. Toda la carga que aligeremos en vida sobre el peso de nuestros actos, nos hará más liviano el tránsito durante el período de desencarnación.

No es exacto hablar de karma bueno o malo, para indicar los efectos que nos agradan y los que encontramos dolorosos. El Karma no es ni bueno ni malo, es sencillamente educativo, lo tengamos a bien considerarlo como agradable, o desagradable. Es la Ley de evolución de nuestra alma. Por medio de Karma adquirimos la habilidad sobre la acción esencial para alcanzar nuestra meta.

Tampoco es correcto tratar a karma como un sistema educativo de “premios” o “castigos”. Si bien es cierto que trae felicidad a los que han generado felicidad, y dolor a los que hayan causado dolor, esto se debe a que karma es la Ley de Armonía y Equilibrio que rige el Universo, y no un proceso impuesto sobre nosotros por alguna autoridad externa. Somos parte del Universo y por ello, estamos envueltos en sus procesos. Y el Universo busca la armonía.

Karma es impersonal, no tiene “intenciones” con las personas individuales bajo ningún sentido. Si alcanzamos a entender karma de esta manera, dejamos de sentirnos heridos por el destino cuando las cosas las percibimos como malas, y así comenzaremos a escuchar los acordes de las esferas con nuestro oído interno. Comenzaremos a darnos cuenta de que nuestra propia nota, nuestra palabra, nuestra frase, nuestro Verbo, es una parte ínfima integrada en una sinfonía cósmica. En virtud de esta sinfonía, nuestro verbo o pensamiento, nuestras frases musicales menores tienen significación y ayudan, junto a las frases de otros, a ejecutar esa sinfonía. Así, Karma es un proceso en el que toda nota falsa que demos, cada disarmonía, cada discordancia que provoquemos, es inmediatamente compensada y armonizada en los planos internos del ser.

KARMA ENGRANAJE

Karma no es una meramente una ley de justicia retributiva en los niveles físico, emocional y mental de nuestra existencia, ni tampoco una ley que nos hace heredar los resultados de nuestros actos pasados, aunque sí lo haga. Es algo mayor. Es una ley que opera eternamente, en todo momento, ajustando todo acto individual a la acción universal del todo. Los resultados de nuestros actos individuales, dentro de las operaciones universales, son como pequeños círculos concéntricos dentro de otros mayores. Cada parte queda ajustada dentro del conjunto. La esencia misma del Universo es equilibrio. No podemos perturbar ese equilibrio, ya que él siempre tenderá a ajustarse a la perfección en cada acción.

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