La alquimia es una de esas ciencias cuyo solo nombre evoca ya las más contrarias y diversas reacciones: atracción, desprecio, curiosidad, incertidumbre. Reacciones, en la mayoría de los casos, debidas al desconocimiento de lo que es.
Tal y como dije en el artículo anterior, alquimia es arte, aunque no el arte tal y como hoy lo conocemos, sino como fue concebido en su origen bajo el nombre de ARS MAGNA, o Arte Magno. Era lo que hoy llamamos Magia (de Magna). El Artista, o el Alquimista, era aquél que conocía los entresijos de la Magia, y era capaz de transmutar la materia a través del espíritu, ya que sentían que el cuerpo era el espéculo del espíritu. En definitiva, el Artista, el Alquimista, era el Mago.

Así como lo es arriba lo es abajo; así como lo es abajo, lo es arriba.Hermes Trismegisto

Aunque el arte moderno nada tiene que ver en el concepto con el arte antiguo, en realidad, es una gran base para ejercer nuestro poder creador. Al ejercer nuestra creatividad, coqueteamos con esa materia divina de la cual todos somos portadores. Al imaginar algo, nos consagramos como micro-deidades, o mejor dicho honramos a la divinidad de la cual todos provenimos. Fuimos bendecidos al ser creados para crear.
Cuando el artista crea, lo hace bajo el calor de una intención, de una inspiración que le lleva a un mundo de infinitas y eternas posibilidades. Y es al mostrar su obra, cuando el espectador accede a ese coito metafísico, sensible, que popularmente llamamos “experiencia artística”, logrando así una comunión entre la divinidad compartida, el Ser Superior y Creador del artista, y el Ser Superior del “otro yo” que busca incitar algo él, y que lo logra. No todas las obras vibran por igual con todas las personas, porque no todos los creadores tienen la misma vibración, y por tanto, no resuenan por igual. Es en ese coito vibracional cuando pueden abrirse portales multidimensionales.
 

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